viernes, 8 de junio de 2012

LA DULZURA...

Por el niño dormido que llevo,
mi paso se ha vuelto sigiloso,
y religioso mi corazón,
desde que lleva misterio.
Mi voz es suave como por la sordina del amor,
y es que temo despertarlo.
Con mis ojos busco ahora en los rostros
el dolor de las entrañas,
para que los demás miren y comprendan
la causa de mi mejilla empalidecida.
Hurgo con miedo de ternura 
en las hierbas donde anidan codornices.
Y voy por el campo cautelosamente:
creo que árboles y cosas tienen hijos dormidos,
sobre los que velan doblados.
–Gabriela Mistral, poetisa chilena.